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Sueños

 

Hay cosas que les llaman “amores”, pero en realidad son venenos. Esos como en la leyenda japonesa que van matando de a poco en poquito. Un hombre encuentra una mujer completa, una mujer que no busca una media naranja sino un ser íntegro como ella. Un hombre pretende integridad y la conquista.

Comienzan una relación con miras a un proyecto para toda la vida, llueven los planes, abundan los sueños y la fantasía; sueños que por cierto, él siempre mata, reprime, hace callar, ahoga con esa obsesión de ser cruelmente realista y objetivo.

Pasan los años, la mujer se consume, se abandona, envejece, pierde la dulzura, poco sonríe, sus ojos perdieron ese aire de ternura, ya no sueña, y cuando se atreve, ya no lo comparte, se lo guarda, aprende… sí… aprende a quedarse sus sueños, en la mente, en el corazón. Siente frustración, las cosas han ido demasiado lejos, nunca se atrevió a salir de esa jaula de oro; muere agradecida por el lado bueno y también por el malo que le dejó su relación, su añorado compañero de vida, ese que siempre esperó, ese en el que guardó y puso todas sus expectativas, ese superhéroe que en algún momento la salvó de la depresión, de la incertidumbre, de sus delirios nocturnos llorando presa de su eterno y siempre constante sentimiento de soledad.

Así, una nueva, pero a la vez muy común historia, se repite en mi sala de terapia, en la que asisto a mujeres que han perdido todo y con quien intento rescatarles los sueños, ayudarlas a inflar el salvavidas, o sumergirme con ellas y acompañarlas a tocar fondo, para luego salir a flote, y sobrevivir… para darse cuenta que lo que realmente quieren, es ¡vivir!

De esta mujeres aprendo que por amor, permitieron que les robaran todo, pero se resisten a que les roben los sueños. ¡Eso nunca!, ¡qué gran lección!

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